Convertirse en fantasma

Este finde he estado en Palencia. O mejor dicho, más o menos, he estado en Palencia. En realidad pillé vacaciones el jueves para ir a Villalar a celebrar el día de la comunidad y el viernes para hacer puente y aprovechar a ir de excursión a Frías, que llevaba tiempo con ganas, pero siempre nos había pasado que por un motivo u otro habíamos tenido que cancelar el viaje. El resto del fin de semana he estado en casa descansando. O en casa de mis padres. Supongo que ya no tiene mucho sentido llamar casa a un lugar donde hace meses que no habito.

Pero volvamos a Palencia. Me gusta Palencia. Es la ciudad en la que he crecido y en la que he pasado la mayor parte de mi vida. Me gusta salir a la calle y poder ver el cielo en la ciudad sin necesidad de levantar la cabeza hacia arriba. Me gusta lo habitual que es cruzarte con gente conocida sin haber planeado encontraros. No me gusta cuando no hay saludo.

Puede haber muchos motivos para no saludarte con alguien. A veces vas con prisas y no te percatas de la otra persona. A veces se trata de alguien con quien has tenido problemas previamente, y está mejor si cada cual va por su lado. En ocasiones, se trata de alguien con quien has coincidido en un par de ocasiones y prefieres no saludar por si no te recuerda y quedas mal saludando al vacío. Pero hay momentos en los que no te saludan simplemente porque te has convertido en un fantasma.

La RAE da varias definiciones para fantasma, desde la imagen de una persona muerta que aparece a los vivos, a la amenaza de un riesgo o terror inminente, hasta usada como adjetivo, una población no habitada. No obstante, hay una definición, no recogida por la institución y más metafórica, con la que en ocasiones me identifico al volver a Palencia: la de un eco, un remanente de un pasado que fue pero que ya no es. Y así es como me siento cuando saludo a aquel profesor que se notaba que me tenía entres sus alumnes predilectes y que ya no recuerda ni mi cara. Cuando me cruzo con aquella dependienta de la panadería donde iba todos los fines de semana a comprar el pan que hace años me olvidó entre tantos clientes. Cuando me cruzo con les padres de amigues del colegio, y sólo nos reconocemos si voy con mis padres.

Imagino que es lo normal. En los últimos tres años he vivido en cuatro lugares distintos (más o menos), e incluso cuando aún estaba en Palencia, hubo mucha gente con la que por distintos motivos llevaba tiempo sin coincidir. La memoria termina fallando y olvidamos a gente con quien la relación ha sido más circunstancial. Pero el entender las causas no deja de hacer que volver a Palencia tenga ese sentimiento agridulce de sentir que vuelvo a mi hogar y que al mismo tiempo ya no es mi hogar. Y ni siquiera sé si será la última ciudad con la que pase. En Valladolid hice amistades con las que llevo sin hablar desde que me fui, y aunque podría escribir yo... no deja de estar el miedo a que, en el fondo, tampoco les importabas tanto y ni les importa si ya no estás en su vida. 

Incluso ahora que estoy en Madrid por segunda vez y estoy conociendo a gente a la que estoy queriendo un montón... ¿qué será lo que pase? Tal vez no debería ni pensarlo. Aunque es cierto que a ratos Madrid me agota por un lado, y por otro, que me gustaría en algún momento tener la experiencia de vivir en el extranjero, por otro estoy cansade de tanto movimiento. Quiero echar raíces, establecer vínculos sin fecha de caducidad y, poco a poco, tener más entidad y sentir cómo dejo de ser un fantasma.

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