El acompañante
La noche estaba avanzada en el momento en que llegué al cementerio. Mejor. Así la vigilancia sería mínima. Gracias a mi padre sabía que hacía poco habían enterrado a un famoso espiritista y estaba segura de que su alma seguiría, al menos por un tiempo, ligada a sus restos. Saqué el calcetín de mi mochila y lo puse, como siempre, en la mano izquierda. Robert. Había empezado con aquello a raíz de un chiste para un vídeo y pensaba que no tendría mayor trascendencia, pero gustó tanto, que terminó convirtiéndose en algo insigne de mi canal y una forma de diferenciarme. Cada vez que salía a hacer trabajo de campo, ya sabía que tenía que llevar a Robert conmigo como ayudante refunfuñón que me llevaba la contraria cuando algo no parecía muy plausible. A veces era un poco incómodo por tener las manos ocupadas entre el móvil y el calcetín, pero con el tiempo, había terminado acostumbrándome. Pegué los ojos con cinta adhesiva, y empecé a grabar. -Buenas noches, mis querides carcossers -guiñé el o...