El acompañante

La noche estaba avanzada en el momento en que llegué al cementerio. Mejor. Así la vigilancia sería mínima. Gracias a mi padre sabía que hacía poco habían enterrado a un famoso espiritista y estaba segura de que su alma seguiría, al menos por un tiempo, ligada a sus restos. Saqué el calcetín de mi mochila y lo puse, como siempre, en la mano izquierda. Robert.

Había empezado con aquello a raíz de un chiste para un vídeo y pensaba que no tendría mayor trascendencia, pero gustó tanto, que terminó convirtiéndose en algo insigne de mi canal y una forma de diferenciarme. Cada vez que salía a hacer trabajo de campo, ya sabía que tenía que llevar a Robert conmigo como ayudante refunfuñón que me llevaba la contraria cuando algo no parecía muy plausible. A veces era un poco incómodo por tener las manos ocupadas entre el móvil y el calcetín, pero con el tiempo, había terminado acostumbrándome. Pegué los ojos con cinta adhesiva, y empecé a grabar.

-Buenas noches, mis querides carcossers -guiñé el ojo, y acto seguido, como de costumbre, puse una voz más ronca con la que Robert me increpó.

-¿Cómo que tus? 

-Es verdad, es verdad. ¡Buenas noches, nuestres querides carcossers! Como muches ya sabréis, hace un par de días falleció Juan Espina de la Torre, famoso espiritista que asegura haber llegado a contactar con espíritus del paleolítico. Me he acercado la noche de su enterramiento al cementerio de San Justo, donde ha sido enterrado esta misma mañana, a ver si conseguimos contactar con remanentes de su alma antes de que termine de abandonar su cuerpo. ¿Lo conseguiremos? ¡Lo descubriremos pronto!

Dejé de grabar y volví a guardar el calcetín en la mochila. Iba a necesitar las manos libres para colarme. Aunque a estas horas era fácil, y siempre se me había dado bien pasar desapercibida, la forma más segura era trepar por el muro. 

Escalé la pared sin mucha dificultad. Este camposanto no era nuevo para mí, y ya tenía ubicado un tabique donde algunos de los ladrillos deteriorados por el tiempo y la falta de mantenimiento, sumado a la proximidad de un árbol que hacía las veces de escalera, hacían que se tratase de una tarea insultantemente sencilla. Caí sobre un arbusto que amortiguó mi caída, y rápidamente me dirigí a la parte trasera de uno de los panteones para evitar que algún vigilante con más responsabilidad que sueño pudiese encontrarme de casualidad. Recuperé a mi acompañante de la mochila y volví a grabar.

-Ya estamos dentro del cementerio. Ha costado un poco, pero...

-Falsa.

-¡Ay! ¡Cállate un poquito, Robert, pesao!

Imité un gruñido de protesta, y continué hablado.

-Hemos entrado cerca de donde han enterrado a Espina de la Torre. Por lo que he podido investigar con el modo satélite del Maps, parece el mausoleo más grande del cementerio. ¡Qué ganas de entrar! ¡Nos vemos allí!

Guardé el móvil, y sin muchas complicaciones me  dirigí a la tumba del espiritista. Afortunadamente, ni estaba lejos de donde me encontraba, ni me topé con presencias indeseadas, y una vez dentro, volví a sacar el móvil mientras notaba cómo todos los pelos de la nuca se me erizaban. No era la primera vez que lo sentía. Ahí estaba. Había algo. Por fin por fin por finporfinp...

-No sabes dónde te estás metiendo, jovencita. Es más. No sabes dónde te has metido.

Me quedé paralizada. Aterrada. Me había metido en un buen lío. No había llegado a ver nunca un fantasma, aunque de algún modo los había sentido con anterioridad. Pero, sobre todo, no había oído nunca hablar a uno. Además, aquella voz tampoco sonaba como un fantasma. Sonaba humana. ¿Se me había escapado la presencia de algún guardia? No. Imposible. Además. ¿Por qué esperar a que entrase en el mausoleo para detenerme? No tenía sentido.

El cerebro me funcionaba a mil por hora. 

Quise girarme, pero no podía. De repente, oí un golpe seco contra el suelo, y me percaté de que se me había caído el móvil de la mano.

-¿Qué ocurre? ¿Se te ha comido la lengua el gato? ¿Con todo lo que te gusta hablar de lo que no deberías?

Analicé mejor la voz. No. Sonaba humana. Pero no lo era. No podía serlo. Había algo antiguo en aquella voz que no entendía, y por ello mismo me aterraba al tiempo que me parecía magnético. Y de repente lo vi delante de mí. No sabía cómo había aparecido. No era posible que siempre hubiera estado ahí. Era un hombre, alto, de aparentemente unos cuarenta años, bien peinado, con una chaqueta morada de cuello alto, y unos vaqueros sencillos. Y los ojos. Esos ojos de un verde oscuro... eran los ojos más cautivadores e hipnóticos que había visto jamás. Parecían como si hubieran penetrado a través de mis pupilas y estuviesen manteniendo mi cuerpo inmóvil, como el títere de un campesino a la espera de ser abatido por la marioneta de un monstruo. Un monstruo inhumano y terrible.

-Ya lo sé, ¡ya lo sé! Callad un momento -gritó. No sabía a quién hablaba, pero me pareció lo más natural del mundo-. Dejadme disfrutar de esto -dijo al tiempo que se relamía-. Verás Cas... Cassilda, ¿verdad? No deberías estar haciendo esto. Es peligroso. Para ti y para los míos. Pero no te preocupes -una perturbadora sonrisa se iba dibujando en su rostro con cada palabra-, aquí donde me ves, soy un gran fan de tu canal. Es por eso, que voy a hacerte un favor.

Todos mis instintos me estaban gritando que me moviera. Que huyera. Que me pusiera a salvo. Estaba mirando a la muerte a los ojos, pero aquella misma mirada me impedía articular ni un triste dedo.

-No les hagas caso. Están asustados porque no les gusta estar mucho tiempo con gente que no sea de la estirpe. Pero eso va a cambiar muy pronto.

Y empezó a andar. No estaba lejos, y aún así, los cuatro pasos que tuvo que dar, se sintieron eternos. Sentí ganas de llorar de impotencia. No quería morir, pero no era más que una ratoncita viendo al gato acercarse juguetón. Incluso, si no fuera imposible, juraría que tenía los mismos colmillos que uno. Lo último que recuerdo de aquel encuentro, fue cómo atravesaban mi cuello con ansia.


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No recuerdo cómo llegué al guardia. No recuerdo qué hice. No recuerdo nada de lo que pasó. Lo siguiente que recuerdo fue el cadáver del vigilante a mis pies, y la sangre goteando por mi barbilla, con mi mano totalmente carmesí. Grité de la más absoluta impotencia. ¿Qué acababa de hacer? Me dieron ganas de llorar, pero por primera vez desde que nos conocíamos, dijo algo que me reconfortó.

-No te preocupes. No tienes culpa. No podías evitarlo.

-Robert... sabes tan bien como yo que no es verdad.

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