2025: una retrospectiva
Este no era el plan. No está ni lejos de ser el plan. Inicié este blog un poco como excusa para obligarme a volver a escribir, como tanto hacía allá cuando estaba en el instituto. Y por qué no, no limitarme sólo a narrativa, sino tratar de concretar pensamientos en torno a alguna obra que me entusiasmase especialmente o intentar escribir algo de poesía. Pero la vida me ha pasado un poco por encima.
Tampoco tenía idea de compartir esto. Ni siquiera sé si terminaré compartiéndolo. Supongo que dependerá de lo personal que me ponga, de cuánto me abra en canal. Pero por otro lado, me gustaría compartirlo. Este año he podido ver hasta qué punto es bonito compartir, pero más de ello más adelante.
El año empezó fatal, pero antes, un poco de contexto. El 31 de octubre de 2024, tras haber saltado entre distintos trabajos, todos relacionado con lo mío, pero ninguno lo que realmente buscaba, sucedió lo que supongo que era cuestión de tiempo: llegó mi primer despido. Ocurrió estando aún en periodo de prueba, y habiéndome ido yo del anterior trabajo, por lo que, como descubrí en cuanto tuve la cita con la oficina de empleo, no me correspondía derecho a paro.
Por lo tanto, comencé el año mentalizándome de que me tocaría irme de Valladolid con gran pesar en mi corazón. Para quien no sea de Palencia o Valladolid, es difícil expresar hasta qué punto hay rivalidad entre estas dos ciudades, y siendo yo de Palencia, lo último que esperaba era terminar cogiéndole tanto cariño a la ciudad del Pisuerga. No sólo había conseguido hacer amistades, algo que en el momento de mudarme daba por imposible, sino que me había topado con una ciudad del tamaño que idealmente debería tener una ciudad para mí. Y por supuesto, cómo no, la pesarosa sensación de volver a empezar y que aquello no hubiera servido para nada.
Con la elevada probabilidad de irme a trabajar a Bilbao para febrero, en enero viví mi último día en Valladolid, esperando a que me llamasen para confirmarme cuando empezaba en Bilbao. Esa llamada nunca llegó.
Los meses entre febrero y mayo son una amalgama incierta y confusa en mi cabeza, donde no recuerdo qué pertenece a qué. Recuerdo viajar a Salamanca con Miriam y Alejandro, dos amigos sin los que no sé qué hubiera hecho en muchos momentos de mi vida. Recuerdo el largo y tortuoso proceso de barajar otras opciones que me permitiesen ejercer de lo mío a pesar del currículum tan inconsistente que tenía, y cómo la opción de la docencia comenzó a tornarse cada vez más como la única opción real. Cómo empecé a volver a echar curriculum en la Renault (ese agujero negro que impida que ningún otro tipo de industria surja en Palencia ni en Valladolid) aprovechando que el trabajo es sólo de mañana para sacarme el master de docencia por la tarde. Y recuerdo cómo, inesperadamente, justo cuando me dieron el sí, me dieron también el sí de la empresa en la que actualmente trabajo.
Pensándolo en retrospectiva, sin duda ha sido la decisión más crítica del año. Podía continuar en Valladolid, con un trabajo que me drenaría la cordura, pero con un horario que me permitiría buscar otras salidas, y cerrándome ya para siempre la faceta del diseño electrónico que me llamó en primer lugar a cursar mis estudios. O podía ir a Madrid, un trabajo con jornada partida, en una ciudad donde el tiempo libre brilla por su ausencia y de la que acabé totalmente quemado la primera vez que viví allí, pero con el tipo de trabajo por el que soy ingeniero. Finalmente tomé la decisión en base a: "Cuál es la que más me arrepentiría de rechazar de aquí a un año", y a mediados de mayo hice las maletas una vez más.
Los primeros meses en Madrid fueron agónicos. Afortunadamente, David y Alberto, dos amigos de toda la vida, tenían una habitación libre, y pude mudarme con ellos. Y no sólo no tuve problemas buscando vivienda, sino que tuve suerte de mudarme con amigos. Y ahí acabó toda la suerte.
Mi primera tan sólo estuve ocho meses. Escasos. No llegó a 240 días, en realidad. Y aún así, volví de allí tan amargado que no quería volver a saber nada de Madrid. En parte fue culpa mía, supongo, de vivir contando con que aquella fuese una etapa temporal y no querer hacer vida para luego dejarlo atrás. Así que esta vez, lo abordé con otra mentalidad: voy a apuntarme a todo lo que pueda y más: no sé si viviré lo que me queda de vida en Madrid, pero voy a hacer mi vida como si fuera el caso. El problema es que me mudé justo antes del verano. Y en verano, la vida en Madrid, irónicamente, se congela.
Quería apuntarme a teatro, a algún club de lectura, a algún club de juego (si en Barcelona había, ¿por qué en Madrid no?)... No encontré nada de lo que buscaba. El rol en vivo del que tanto había disfrutado en Valladolid, en Madrid estaba detrás de muros de pago donde los eventos más baratos no bajaban de los 100€. Por lo menos, los interminables viajes en metro me estaban ayudando a recuperar el hábito de la lectura.
Sólo hay tres cosas que reseñaría de ese verano que se sintió eterno:
- Una fue el poder aprovechar la centralización de este país. Si todas las redes de transporte público conectan con Madrid en lugar de entre puntos de fuera de Madrid: ¿por qué no aprovechar para visitar a distintas amistades repartidas por el país teniéndolo más fácil que en la vieja Castilla?
- La segunda fue el irme de vacaciones fuera de España con amigos por primera vez en mi vida. Una vez más, Miriam y Alejandro, quién si no. La idea era hacer inter raíl, pero con los pocos días de vacaciones que teníamos, nos tocó empezar y acabar el viaje en avión, y movernos entre Budapest-Viena-Praga en billetes regulares de tren. Mención especial a Viena, donde pudimos visitar a Alba, probablemente la persona más importante en que hoy sea quien soy, y una de esas amistades con las que aunque no hables en años, siempre será súper cercana. El momento en que me pidió sacarme una foto a los dos días de haber estado hablando sobre que le gustaba sacar fotos a sus amigos y recordar los momentos juntos fue un momento que va a quedar grabado para siempre en mi corazón.
- En la tercera no me explayaré. Perdí a una de mis amistades más cercanas, y aún sigo preguntándome si no podría haber hecho las cosas de otra manera.
Y con esto, entramos en el otoño. Me gusta el otoño. Ya no es sólo Halloween, sino ese clima en el que empieza a hacer frío pero no te corta los dedos, o los árboles con las hojas de una gama de colores cálidos. Y por qué no: otoño empieza con uvas y acaba con mandarinas. A nivel de frutas, es la estación objetivamente superior. Y en este caso, también ha sido la estación en la que he empezado a remontar.
Lo primero que me gustaría destacar es que he empezado clases de teatro. Nunca he ido mucho al teatro, realmente. Siempre me llamaba la atención, pero desde fuera. Como quien mira el agua queriendo bañarse, pero sin atreverse a mojar los pies porque está fría. Y ni siquiera me he apuntado por haber empezado a ir al teatro (eso ha venido después de apuntarme), sino porque aunque ya no haga rol en vivo, me parecía la conclusión lógica para querer actuar mejor cuando roleo en vivo. Y qué decir. Adoro hacer teatro. Adoro ir al teatro. Ojalá pronto pueda participar en alguna obra.
Lo segundo que me gustaría destacar es el descubrimiento de foco ludens. Gracias a la colaboración con la revista LOOP, supe de su existencia y me hizo una gran ilusión la posibilidad de participar en un club de juego (gracioso que ahora esté en tres). Pero si nos ceñimos a la cronología, foco ludens viene un poco más tarde.
En octubre fue el indie dev day en Barcelona, y aprovechando que desde Madrid lo tenía fácil para ir, fui a mi primer evento de videojuegos. Salvo que en realidad el evento era un poco la excusa, y el principal motivo por el que tenía ganas de ir era visitar a mi amigo Javi. Al evento como tal fuimos sólo el domingo, y aún así recuerdo todo ese finde con muchísimo cariño. Recuerdo también la envidia que me daba de pararse a saludar a alguien cada dos por tres, y decirme que era del club de joc y que seguro que pronto yo también (por supuesto, le había hablado de foco ludens aunque aún no hubiera ido ni a una sesión). Cuánta razón tenías, Javi.
Y así, terminamos octubre con mi primera sesión de foco ludens. El juego a comentar en cuestión era Consume me. Ni había oído hablar de él hasta la sesión, y es algo que quiero recalcar, porque Consume me ha sido una de las auténticas joyas de los videojuegos de 2025 más allá de los fuegos de artificio que tanto promueve el doritos, y eso habla de cómo me había ido alejando del medio a lo largo del año y de la falta que me hacía un club de juego para obligarme a meter el jugar en mi rutina. Me suena terrible cada vez que lo digo, pero parece que el capitalismo nos impide dedicar tiempo al ocio si no lo tenemos planificado.
La sesión me encantó. Era exactamente lo que me esperaba. Había estado en clubs de lectura desde hacía mucho tiempo, pero mi tipo de ficción favorita siempre han sido los videojuegos y fue fantástico el poder extrapolar los clubs de lectura a los videojuegos. Pero lo que más relevante me resultó fue el final de la sesión. Recuerdo que la llevó Dani porque Juan tenía que irse pronto. Recuerdo también que al ir a cerrar la sesión, Dani nos animó a que buscásemos clubs de juego presenciales en nuestras ciudades. Que por bonito que fuese foco ludens, no teníamos que renunciar a lo presencial con el auge reaccionario. Que estableciésemos comunidad. Que en Barcelona estaba el club de joc, que en Madrid seguro que había algo... Y pregunté con un tímido: "Me he mudado a Madrid hace poco, y cuando busqué uno, no encontré nada. ¿Me sabrías decir de alguno?" Me señaló al resto de participantes de Madrid, y creo que fue Hugo quien dijo que no había pero que si había interés, se podía mirar de montar uno. Desde luego, fue Hugo quien una semana después escribió para preguntar lo mismo por Telegram.
Y un poco, esto han sido las pautas que han estado marcando los últimos meses del año. Vuelvo a estar súper invested con lo videojuegos. Las sesiones de foco ludens han sido tan chulas como la primera. Conocí Al parque y está siendo genial tanto el meter la cabeza en itchio y sus acercamientos más personales al videojuego. Y consolidamos Espacio Intermedio. No tengo palabras para expresar lo feliz que estoy con Espacio Intermedio. No sólo por lo bien que está yendo de momento, sino también por cómo se está convirtiendo en un espacio de reunión en el que conocer gente donde el club de juego es una actividad y no la actividad. Se está formando una comunidad súper bonita, y estoy súper feliz de ser parte.
Me gustaría cerrar este texto con un par de pensamientos que me rondan la cabeza.
Uno es el de lo genial que es rodearme de gente involucrada con la faceta creativa del videojuego. Es lo que me ha animado a escribir este texto (¡mi primer texto en años!). A veces me siento muy pequeño al lado de gente que escribe en medios de videojuegos, que son nombres conocidos en el mundillo del videojuego español o que desayuna con la peña de the game kitchen. Pero es increíble ver que son personas con las que puedes relacionarte con total normalidad.
Otro es el de que si hace cuatro meses me hubieran dicho que me terminaría alegrando de haber vuelto a Madrid, hubiera dicho que es más probable que me toque la lotería. Ni hablemos ya del hecho de que me esté terminando por gustar Madrid.
Y finalmente... he vuelto a bluesky!! Parece una tontería, pero si dejé las redes sociales en su día fue por el constante desgaste que suponía ver a la gente bien con su vida y yo encontrarme en un pozo de miseria. El hecho de llevar dos meses en bluesky y que no me haya afectado habla muy bien del momento de plenitud que estoy experimentando. A veces da un poco de vértigo y siento que en cualquier momento me voy a caer y esa sensación de insignificancia volverá. Pero hasta entonces, disfrutemos de lo bonito que está siendo todo y empecemos un 2026 que pinta muy prometedor.
Gracias a quienes habéis estado aquí desde el principio y a quienes os habéis incorporado por el camino. Sois el motivo por el que me levanto cada día.
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